domingo, 5 de abril de 2015

Sigo vivo.

Si si, sigo vivo.
¿Sabes cuantas veces he podido morir?
muchas.
Buscando alegrías que me hagan cumplir días
acumulándolos para arrugarme.
Si si, soy el dueño de la herida.
Por ella sale la vida y deja solo la cáscara.
Mientras sigo vivo.
Si si, Contigo.




jueves, 2 de abril de 2015

¡Qué fuerte!

Hace mucho mucho tiempo, un cuarto de siglo al menos, yo era un muchacho joven con cara de niño.Los reyes magos me regalaron un moto Derby C7, era una moto magnífica para mi edad. Vivíamos en un barrio a las afueras de la ciudad, barrio obrero con bastante miseria según que familia. Fui bastante feliz los diez años que viví en él.
Una noche salimos cuatro amigos en dos motos, era la época en que no se usaba casco, mejor dicho no era obligatorio en baja cilindrada. Rara vez bajábamos a la capital, generalmente buscábamos los pueblos con fiestas y bares abiertos. esa noche no fue una excepción. Cuando se nos acabó el dinero y la fiesta nos volvimos al barrio, estábamos aproximadamente a media hora de camino.
Pero sin saberlo lejos de acabar la fiesta ésta estaba empezando. La cadena de la segunda moto se partió en medio de la nada a las tantas de la madrugada. Corría el año 1985 aproximadamente, sin teléfonos ni "guasás", recuerdo que estábamos "agustito" sin estar borrachos.
La única solución era hacer el trenecito, mi moto era la locomotora y yo era el piloto. Mi copiloto con el brazo izquierdo se agarraba a mi cintura con fuerza y extendiendo hacia atrás el brazo derecho agarraba una punta de la cadena. El piloto de la otra moto con una mano sostenía el manillar y con la otra agarraba con fuerza la cadena. Evidentemente para bajar no hacía falta nada, solo para las subidas.
En el primer repecho que subimos el invento funcionaba, que listos que eramos. Pero ya el segundo la cosa cambió, a mitad de la cuesta miré para atrás y el piloto estaba con el estómago sobre el manillar y acostado hacia delante con la postura de Superman volando y agarrando la cadena. El problema es que nos gritaba pero con el ruido de las motos no lo oíamos. Le dije a mi copiloto que lo soltara que se iba a caer, pero fue peor. Desde que lo soltó hizo un zig-zag en la carretera y se estrelló contra el árbol que estaba en la cuneta. Viendo que no se habían hecho daño, nos dio un ataque de risa a los cuatro revolcándonos en el suelo, Ver a dos hombres darse una hostia contra un árbol y rebotar no tiene precio.
Aquella situación se repitió tres veces más, cuatro leches en total y todas parecidas, el superman, leñazo y ataque de risa. Tardamos una hora en hacer 10 kilómetros pero conseguimos llegar a casa.

 Fue una noche que he recordado con alegría pero sobre todo como un homenaje a aquellos chicos llenos de vida y con toda la vida por delante. Yo era el mayor de los cuatro, cuando cumplí treinta años, ninguno de ellos estaba vivo. No quiero contar como murieron, solo que me acordé de una noche en que cuatro amigos lo pasamos tan bien que aún me acuerdo.